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ENTREVISTA A ARGENTINA MÉNDEZ. 1ª PARTE

Dice así uno de los poemas más bellos de Santa Teresa de Jesús: ‘Alma, buscarte has en mí’. También fue ella quien dijo eso de “vivo sin vivir en mí” y es que, a veces, vivimos sin saber que respiramos, caminamos sin sentir el latido de nuestro corazón y lloramos sin saber qué nos duele. A veces, casi siempre, no sabemos dónde encontrar ese oxígeno, ese pulso o esa calma. No sabemos, casi nunca, que la solución está en el alma, que nos la dio Santa Teresa de Jesús. “Buscarte has en mí, y a mí buscarme has en ti” porque en ti, en tu alma, pueden estar las razones porque sí, somos energía. Por suerte, hay quien, como Santa Teresa de Jesús, sabe comunicarse con nuestra alma. Argentina no oye, escucha. Argentina no ve, mira y observa en lo más profundo. Argentina no busca, encuentra. Dicen sus amigas que “es la leche y que tiene un mochilón de sabiduría”, pero ella confiesa que su secreto es estar bien acompañada y saber escuchar a esos seres que saben como llamar a nuestro aposento, a nuestra casa o morada. A nuestra alma. Argentina sonríe con cada átomo y desprende una energía protectora que te envuelve. Y es que, a pesar de que no se le da mal montar a caballo o cocinar, entre otras cosas, lo que de verdad se le da bien, su verdadero cometido, es cuidar de ‘su gente’.

Argentina, qué bonito nombre…

Pues a mí no me gusta tanto, no te creas… (Sonríe)

¿Por qué?

No sé, tal vez sea porque es demasiado largo. De pequeña me llamaba ‘Argentinita’ y luego ‘Argen’. Creo que esos diminutivos han hecho que crezca con un poco de resquicio a mi nombre. Pero bueno, qué le vamos a hacer.

Perdona la pregunta fácil, pero ¿tiene algo que ver con Argentina como país?

(Risas) Para nada. Fíjate, yo nací en Alicante. Soy alicantina. Lo que pasa es que mi madre se llama Argentina. Bueno, ya falleció, así que diré que se llamaba. Alguna vez le pregunté por qué me puso a mí el nombre de Argentina y no a mi hermana que nació antes, siempre me respondía igual: “Le gustó a tu padre y él quería que lo llevarás tú. Nada más”. He de reconocer, en cualquier caso, que es un nombre que tiene fuerza. Eso sí.

Fuerza y energía la que desprendes tú. Cuéntame, ¿siempre fuiste así?

Creo que sí, pero no siempre fui consciente. Te cuento, con 8 o 9 años empecé a estar muy malita. Siempre. Mis padres me llevaron a varios médicos, pero nunca veían nada y la realidad era que yo me moría. Tenía 8 años y pesaba nada más que 17 kilos. En esa época, además, empecé a ver cosas que a mi alrededor no veían: presencias, seres que se habían ido o lo que le pasaba a una persona. Yo entonces, siendo una niña, no tenía ni idea de cómo gestionar esto, así que lo contaba todo. Mi madre tenía otra fe, pero mi padre, aunque fuera muy buena persona y creyera a su manera, no entendía qué le estaba pasando a su hija. Yo necesitaba dar esa energía que tenía dentro y que me estaba devorando. Me moría, así que mi padre tuvo que asumir que su hija tenía un don, o algo que tenía que dar.

¿Y qué sucedió?

Empecé a imponer las manos muy limitadamente a personas de la familia y demás y me puse mucho mejor. Bueno, aquí estoy. (Sonríe)

Supongo que, como para tu padre, será difícil de comprender para muchas personas.¿Cómo fueron esas primeras veces?

No recuerdo muchos detalles porque yo era muy niña, pero sí guardo recuerdos de cosas que me han contado. Me acuerdo de que vivíamos en Campello, en el chalet de mis abuelos, eso sí. Un amigo de mis padres tenía un problema en los oídos, le iban a operar porque tenía muchísimos problemas auditivos. Mi padre había empezado a asumir lo que pasaba, así que le ofreció ayuda a ese amigo. El hombre dijo que sí, necesitaba una solución. Mi padre en seguida le confesó que quien le iba a ayudar era ‘la nena’. El amigo alucinó, pero vino y le empecé a poner las manos en los oídos. De esto sí me acuerdo y también de cómo yo, que era muy directa a pesar de ser una mico, le decía: “te puedo curar y no te van a operar”. Así fue. Hizo todo lo que yo le dije y luego, por supuesto, fue al médico y éste se lo corroboró. Lo que le preguntó fue: “ ¿a qué viene usted? No tiene nada que curar ni que operar”.

Encontró su solución…

Así es, pero tengo claro que yo desde siempre he dicho y hecho lo que he podido. Para lo que no, vuelvo a repetir, está la medicina. Y necesitamos de ella, sin duda, hay cosas que son necesarias que actúen los médicos. Eso es así.

¿Y cómo podía una niña tan pequeña saber tanto y hacer tanto?

Pues porque nunca he estado sola. Santa Teresa de Jesús es uno de los seres principales que me acompañan. También el Doctor Marañón. Y luego, el Padre Pío es fundamental en todos los días de mi trabajo y de mi vida. Ellos son los que principalmente están conmigo. Luego se suman otros seres que a lo largo del tiempo o de los Viernes Santos, donde yo tengo un trance y una comunicación maravillosa. Hay muchos seres, pero cuando estoy en consulta con mi gente, fundamentalmente, están el Padre Pío, Santa Teresa y Gregorio Marañón. Ellos están más, sí.

Has dicho ‘mi gente’, ¿quiénes son?

Son mis pacientes, me gusta decirles así porque son ‘mi gente’. La gente de la que cuido. Son mis pacientes, claro, pero les siento así: ‘mi gente’.

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